El bucle del no amor

… qué tengo que demostrar que sé hacer?. ¿Qué debo tener?. Y ¿cómo tengo que ser para gustar a los demás, para que los demás se sientan tan a gusto conmigo que quieran seguir estando conmigo, que quieran volver, incluso que no quieran irse, que no me abandonen?

Así acabo confundido, creyendo que me Aman mientras alimento esa dependencia que tengo de los demás.

Sí, les necesito en exceso …porque no me doy Amor … tengo carencia de auto-Amor … me falta autoestima.

Sigo en el hacer y en el tener convencidísimo de que es al resto del mundo a quien le falta Amor.

“Eso les ocurre a los demás”, me digo, incluso como si a los demás les faltara mi Amor cuando en realidad no tengo Amor ni para mí mismo hasta el punto de mendigarlo, prostituirme y dejar de ser quien soy para plantearme …(el artículo sigue por donde empezaste a leerlo).

 

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Sentir el sinsentido

Un buen día, no sé por qué, me faltan ganas de ir a hacer lo que hago cada día.

Cuando empiezo a fijarme en lo que llevo haciendo hace años, me doy cuenta de que empecé porque alguien me lo dijo o me lo pusieron fácil, pero que hoy elegiría no estar haciéndolo.

Cuando acabo la jornada quiero irme donde me iría los fines de semana para pasármelo bien de una vez, pero después de hacerlo, algunas veces recuerdo que escapar no lo soluciona y acabo en lo que empieza a ser la rutina del no querer hacer nada.

De repente tengo huecos libres en la agenda de mi día a día y los aprovecho para … volver al ya habitual no hacer nada.

Poco a poco son más evidentes las obligaciones en mi vida, que aun siendo ya pocas y cada vez menos, al final, es que no puedo más; ¿qué sentido tiene seguir haciendo más de lo mismo?

Y cada día hago menos porque cada instante está lleno de un vacío que llena de más vacío mi vida.

Sigo queriendo ser feliz, pero me equivoqué creyendo que lo lograría cumpliendo con el manual … tener un coche tan grande como la casa, un buen cargo, pareja e hijos …

Ahora me doy cuenta de que nunca me he parado a pensar qué ha de ocurrir para que sepa que estoy siendo feliz y que así tengo los días contados porque repito el mismo día, día tras día, cada día …

Será que tengo pendiente ponerle nombre a lo que necesito, poner límites en mi vida, incluso atenderme y recuperar mi dignidad … o lo que quede de mí y de ella para recomponernos.

Otro buen día me doy cuenta que le falta sentido a mi respirar, que levantarme por la mañana aún no tiene un para qué, que me falta encontrar mi motivación para querer vivir.

Y me repito, me repito, me repito sin parar… “¿Cuánto más quiero aguantar? ¿Hasta cuándo quiero esperar?”

 

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Piloto automático

Ahí vuelvo a estar: mirándome con cara de “¡¿Otra vez?!” y vistiéndome para la ocasión mientras agoto la ya escasa energía que me queda para volver a salir con esa gente, para volver a ir a esos sitios, para volver a hacer las mismas cosas, para volver a no volver …

Les saludo con ese gesto nuestro que tanto me costó imitar y escucho todo eso que no me importa poniendo cara de “¡Guau! ¡Qué guay!”.

Y miro su hacer sintiéndome marciano… pero al menos de los suyos, por favor.

Hasta que después de deslizarme por la infinita noche acabo rendido, acurrucado y enroscado en mí mientras amanece … “Guau, que guay, no?…”.

Concluye ya ese fin de semana absurdo que da paso al mas absurdo todavía: encontrarme conmigo habiéndome traicionado nuevamente, sabiendo que me sigo fallando al poner el piloto automático del no parar para escucharme, de saber que nada de todo eso va conmigo pero que estoy eligiendo seguir con ello mientras anhelo que alguien me coja por la nuca -como la gata hace con sus cachorros- para sacarme de ese vivir incoherente donde en ningún momento doy conmigo, donde acabo siempre cayéndome mal a mí mismo.

 

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Maquillaje

Le parecía imposible que el mundo detectara el esfuerzo que le suponía ocultar esa parte que no quería mostrar.

Paralelamente no entendía que su entorno desconfiase y se alejara de ella, ni tampoco comprendía cómo algunas personas se estaban relacionando con ella y a la vez le eran totalmente inaccesibles como amistades, ni cómo su entono profesional cumplía con ella pero como compañera era absolutamente invisible.

Llegó un día en el que se dio cuenta que no mostraba esa parte que no aceptaba y que había acabado viviendo detrás de un maquillaje que a veces incluso le generaba no saber ni quién era: se había perdido.

Vio claramente que sería mucho peor que descubriesen su engaño que si ella misma destapaba su verdad y que su miedo la tenía paralizada.

Pasó varias eternidades preocupándose por las consecuencias en lugar de ocuparse de la causa.

 

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Refugio

Estaba llegando muy tarde a casa; unos días por culpa del trabajo, otros por culpa de la jefa, algunos por culpa del tráfico, …

De repente descubrió que cada día lograba que le sucedieran cosas con el fin de demorar llegar a casa tanto como le fuese posible.

Se dio cuenta de que no quería llegar donde no quería estar y que se justificaba buscando culpables en lugar de responsabilizarse de su situación.

El trabajo se había convertido en un refugio donde pasar más horas de las necesarias, pues había acabado siendo la opción menos mala.

Y tú, ¿cuánto tiempo quieres seguir justificando una evasión porque no te apetece vivir una obligación?

 

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